sábado, 5 de agosto de 2017

Símiles y mierdas

Y de lo necesario que resulta a veces sentirse la nada no se habla demasiado. Que yo no creo que me encuentre en esta neblina por placer ni voluntad de nadie, pero toda la paciencia que pongo cada vez en esperar a que se disipe me está empezando a tocar las narices. Mis narices. Todas mis narices, una a una, hasta explotar. 
Ya no sé por dónde sujetarme, porque cada vez que creo que encontré un borde me deshago y me derramo. Llevo cayendo más o menos toda la vida, exagerando un poquito seguramente, aprovechando que no sé desde dónde hay que medir ni si los puntos suspensivos cuentan.
Pero hablo y se me enreda la lengua y pareciera que se me hinchase como si fuese alérgica al aire. Y suspiro y me callo porque no quería suspirar y siento mucho que me hayan escuchado. Y si a todos les duele la vida tanto, no entiendo qué hacemos todavía aquí. Buscamos empatía en la que rebozarnos, como si eso se deshiciese un poco del tedio del aburrimiento y el dolor existencial. Y puede ser que un rato, ¿pero qué hago yo todavía sentada en el mismo banco? Mil veces busqué y encontré. No sirve de nada. Quiero decir, sirve, hasta que deja de servir.
Estoy intentando dejar de hacer metáforas y símiles y mierdas varias, pero es que no sé cómo se habla de esto. No tengo las palabras ni sé lo que siento.