Te leí crecer y me produce un poco de vértigo saberte adulta. Hace casi dos años no eras más que una adolescente de quince o dieciséis años; entonces me prometí escribirte y supongo que esto es el principio de aquello, pero el vértigo, ¡qué vértigo! Casada (¿y con una hija?), me pregunto si leerás esto. No creo, cosas más importantes tendrás para hacer. No sé si estoy preparada, hay una buena historia en todo esto y yo no sé escribir (sé balbucear, alguien alguna vez me creyó capaz de más). Pondré en vos muchas cosas que no sos: cosas que soy yo, cosas que son otros.
Este es el prólogo de algo que probablemente nunca exista. O quizás sí, quién soy yo para negarme ese placer de ser. Me pregunto cómo serás en realidad y llenaré los vacíos inevitables entre tus palabras con conectores innecesarios, ¿cuánta imaginación me hará falta? Porque yo de eso no tengo. Tengo lo que me diste y te doy las gracias.
Este es el prólogo de algo que probablemente nunca exista. O quizás sí, quién soy yo para negarme ese placer de ser. Me pregunto cómo serás en realidad y llenaré los vacíos inevitables entre tus palabras con conectores innecesarios, ¿cuánta imaginación me hará falta? Porque yo de eso no tengo. Tengo lo que me diste y te doy las gracias.
Un primer paso inesperado.