Por favor, callate. Por favor, por favor, dejá de molestarme. Sé que no lo hacés voluntariamente, imagino que no sos consciente de que lo hacés, supongo que necesitás contarle tu vida a alguien, creo que lo entiendo.
El problema es que a mí no me importa.
No me malinterpretes, quiero que seas feliz, si es que alguien puede serlo, y me gustaría que tuvieras gente para compartir esa felicidad y alguien con quien desahogarte cuando estés mal.
El problema es que yo no soy ni quiero ser ninguna de esas piedras. Soy piedra de otros. Estás confundido. Tampoco sos una de mis piedras aunque vos así lo veas.
Te imagino pensándome cuando te pasan cosas, cosas buenas, cosas malas, te imagino diciéndote que tenés que contármelo, te imagino preguntándote cómo estaré con más frecuencia de la que yo me pregunto lo mismo sobre vos. Me siento culpable.
Pero la culpa no es mía, no del todo, y si lo es que lo sea. Intenté explicártelo tantas veces, pensé que entendías, entonces la confundida era yo.
Necesito espacio porque sino me ahogo.
Necesito tiempo porque sino no aprecio.
Hoy no, querido, que me duele la cabeza.
Pero la culpa no es mía, no del todo, y si lo es que lo sea. Intenté explicártelo tantas veces, pensé que entendías, entonces la confundida era yo.
Necesito espacio porque sino me ahogo.
Necesito tiempo porque sino no aprecio.
Hoy no, querido, que me duele la cabeza.