Como el chicle que se pega a la suela de la zapatilla y esperás que con paciencia y paso a paso se vaya despegando, sin más esfuerzo, con toda la frustración que eso supone.
El chicle sigue ahí, provocando una desagradable sensación de claustrofobia. No podrás librarte tan fácilmente, parece que te dijera.
No querés pero tenés que agarrar un palo y raspar, agua y pañuelos de papel si hace falta. El ataque directo es mucho más desagradable, pero mucho más efectivo.
Te echás la culpa porque no mirabas por donde pisabas cuando sabés que la culpa es del desgraciado que tiró su chicle al piso en lugar de a un tacho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario