No sé qué esperás que te responda. O sí, lo sé, y si así fuera, ¿qué te convenció para que creyeras que lo que pasa es que no quiero admitirlo? O admitírtelo, a vos, como si no te dijese verdades.
Sé que nos parecemos, sé en que nos parecemos, te molesta que me crea que sé cosas, creo.
Te lo repito: no es eso, no es eso, sé que no es eso. No sé lo que es pero sé que no es eso.
Te duele escucharme así, sin poder consolarme, escucharme como nunca antes me habías escuchado. Te hacías una idea de lo que te dejaba suponer, pero no lo tenías tan asumido, tan claro. ¿Me creés ahora? Ahora que decidí no ocultarme, ahora que decidí que era demasiado para mí, ¿me creés?
Sigo sin creérmelo yo, eh, tampoco te creas... Lo intento mientras intento todo lo contrario. Estoy enfrentada a mí misma y no puedo decirlo en voz alta por miedo al ridículo. Las ideas contradictorias, los sentimientos encontrados, no son muy respetados entre los seres humanos. A mí tampoco me gustan. Cuánto odio llevo conmigo y qué poquito lo aprecian los demás. Odio que canalizo hacia mí misma y me hace daño. Nadie debería odiar tanto.
No, no me creés, y en parte es culpa mía porque yo tampoco me creo.
No, no me creés, y en parte es culpa mía porque yo tampoco me creo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario