Había hecho mío el peso que cargaba mi vecino. Cada vez que los rumores me decían que había conseguido deshacerse de él sentía el alivio y estiraba mi espalda. Visualizaba con una sonrisa como la caja llegaba al suelo, lentamente, con cariño y rencor. Mi vecino sufría, la caja pesaba pero era suya, seguro que había lágrimas bajando por sus mejillas. Ojalá pudiese verle la cara, ojalá pudiese preguntarle, ojalá pudiese convencerle. Mi vecino no sabía que detrás de esa esquina la atrapada era yo, no sé por qué, no sé que hacía yo ahí, como si no tuviese nada mejor que hacer. Le habría dado igual. Estaba tan concentrado en la caja... Dio un par de pasos y retrocedió. Usó la espalda y no las piernas para volver a cargar con la caja. Crujió. Lo ignoró. Un par de pasos y la caja cayó con más fuerza que antes. Idiota.
No sé cuántas veces soltó y recogió la caja.
No sé cuántas veces soltó y recogió la caja.
Maldito vecino, maldita caja, malditos dolores de espalda.
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