martes, 2 de diciembre de 2014

No está dicho ni está escrito

No me soporto. A base de alejar a las reales me convertí en mi propia amiga insoportable que te llora por un consejo, no te hace caso alguno y te vuelve llorando porque todo salió mal. Ya no doy consejos. ¿Para qué? Si la culpa al final no era de ellas, que los escuchaban para olvidarlos. 
De mí no me puedo distanciar, a mí no me puedo olvidar. Así que me empiezo a caer mal, porque ya me conocía a este tipo de persona, ya la había tenido incrustada entre los dientes y me había convencido de que habían sido suficientes. No volvería a encontrarme con alguien así, o no lo reconocería al menos. Si no doy consejos, no se quedan en el aire. Si admito mi ignorancia y el absurdo que mueve los actos de cada uno, si me doy cuenta de que nada de lo que pueda decir pesa, nadie me dará la razón como a los locos.  
No poseo la verdad universal, pero nací cansada de las contradicciones humanas. Tenés que ser consecuente, tenés que ser consecuente. Y digo que uno tiene derecho a sentir, pero yo no siento. Digo que nadie traiciona si no es con voluntad y que aún así es normal sentirse traicionado, pero yo estoy traicionando sin querer continuamente y nadie me está traicionando aunque quiera vengarme -¿de qué?-. Digo que si vas a soportar algo, lo hagas, y con una sonrisa, y que para tanto no será porque sino te irías, pero estoy cansada, tan cansada, quiero llorar y explicarte lo que ya te expliqué tantas veces y no me quiero ir, esta vez no, de repente tengo las plantas de los pies hechas de cemento. Digo que hay cosas por las que llorar y lo que no fue no es una de ellas. Digo que si vas a llorar por alguien que sea porque está pasando hambre, porque está intentando cruzar la valla y lastimándose, porque está luchando las guerras de quienes se bañan en oro y juegan a tocarse las narices. 
Consecuente un poco sí que soy, no te lloro, no merecés la pena, pero pienso, ¿y si te llorase? Porque la pena no te la merecés pero la siento. ¿Y si esta es la vez? Bueno, no la pero una. Si fuese de las que lloran, ¿qué tan distinta sería la situación? ¿Para bien o para mal?
Digo que si sos de una forma u otra no pasa absolutamente nada, que podés cambiar de parecer, pero no digo mi hipótesis en voz alta, no quiero estar equivocada. 
Digo que la verdad no hay más que aceptarla, pero no sé cuál es, no quiero elegir una y que resulte ser la otra.
Así, sin querer irme, me quiero ir, para no enfrentarme a lo que sea que está pasando. Entre las pocas posibilidades, mi instinto se decanta por la que peor me sabe: soy normal.
No quiero admitirlo, no quiero decirlo. 

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