Viajar en autobús es lindo. Autobús, bondi, colectivo, guagua. Llámenlo como quieran porque la realidad es la misma. Una máquina y yo en ella sentada, mirando por la ventana. En la botella el agua va y viene, va y viene, noto el movimiento en la mochila y mientras la abrazo pienso en lo que llevo adentro.
La gente me llamó fuerte, me llamó valiente. Está bueno, me gusta pensar que soy algo de todo eso. Y sin embargo, creo que están equivocados. Puede que lo sea, pero no por los motivos que ellos asumen, consecuencia de en cualquier caso. Porque los valientes toman decisiones valientes y me siento estúpida sintiéndome orgullosa de algo que no elegí, de algo inevitable.
Si por mi fuera, no estaría -¿no sería?- enferma. Si por mi fuera, no habría pasado por todas estas pruebas ni conocido tantos médicos ni me habría acostumbrado tanto a las agujas. "Tranquilo, no pasa nada, probemos en el otro brazo". Si por mi fuera, no habría llorado tanto y mis viejos no lo hubieran pasado tan mal.
Cuando hago lo que me dicen es por miedo, no por valor. No hacerlo tampoco sería de valientes, sino de inconscientes. Consciencia tengo, la mayor parte del tiempo... Y llevo una vida normal, una vida n o r m a l .
Estoy enferma de algo que no me va a matar y tendré el coraje de quejarme, habrase visto.
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