No se me escapó. Lo dije sabiendo lo que estaba diciendo. Era un buen momento. No me arrepiento. Compartí un poquito de mí; no soy una hipócrita. No soy una hipócrita. No soy una hipócrita.
Ser un hipócrita tal vez no sea lo peor que se pueda ser, pero en mi escala personal está bastante cerca. Como que ser otras cosas peores conlleva serlo o serlo te conduce a ser esas otras cosas peores.
Yo no lo soy, me esfuerzo por no serlo aunque a veces pueda parecer lo contrario. O sólo era una boludez, no debería darle tantas vueltas, me lo dijo sin más, sin pensarlo. No, no fue así, sabía lo que hacía, o por lo menos quería decirlo. Tampoco a él se le escapó.
Quizás lo dije por eso; o quizás lo dije porque quería soltarlo, porque quería que lo supieran, porque no quería sentir que estaba ocultando otra cosa más, y menos algo que no me parece que merezca la pena esconder. No quería sentir que me estaba intentando hacer la interesante. Puede que todas sean la misma cosa. La parte por el todo y el todo por la parte. Como lo de los tres mosqueteros pero en abstracto.
La cuestión es que nada de lo que escondo me parece que merezca la pena esconder. Nada de lo que escondí mereció la pena nunca, sólo que en el momento creía que sí, o ni siquiera, la mayor parte de las veces es pura inercia.
Esto es mío y a vos no te lo cuento. No porque no quiera contártelo a vos, sino porque no te importa. No te importa y no te incumbe, ¿para qué vas a querer saberlo? Si es que la cosa es que no querés. O sea, no vos, alguien, quien sea, la gente en general. Quiero decir, no te estoy privando de nada, no tengo nada que compartir.
Nadie quiere saber nada y a mí eso de hacer que me escuchen no me sale muy bien. Me esfuerzo a veces, después me siento como una paria. Tampoco lo necesito. Bueno, un poco, pero ese poco lo tengo medio arreglado, digo, más o menos de más más que menos, no del todo. Nadie arregla nada del todo.