Estaba tirándoles piedras a los patos. Se fijaba en uno y lo intentaba. Sabía que no tenía la habilidad necesaria para darle, ni con todo su empeño lo conseguiría. Así que apuntaba y lanzaba la piedra con sinceridad. Por lo menos eso era lo que quería creer, que la voluntad existía y el fallo era cuestión de coordinación.
A lo mejor no funcionaba así. Cabía la posibilidad de que su subconsciente controlase la situación, tal vez en ningún momento pretendiese dar en el blanco. Esa hipótesis le producía un miedo tranquilizador que complicaba todo más de lo meramente indispensable. Para salir de dudas solo existía una manera: lograr que, como mínimo, una de las piedras golpease alguno de esos animales y estudiar su propia reacción.
Con los ojos cerrados lanzó un par que chocaron contra sus objetivos. Al abrirlos se obligaba a reconocer que las piedras no habían sido más que bolas de algodón y los patos, ratas. Tenía que seguir probando para conocerse. Empezaba a cansarse. Si realmente no le interesaba hacer sufrir a los patos, todo esto era una pérdida de tiempo. Tenía que averiguarlo, cuanto antes mejor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario