Cuatro semanas igual, 28 días.
-Ahí está otra vez, mira, mamá, mira.
-Ya lo sé, pero no señales que es de mala educación - dijo esto sin levantar siquiera la mirada.
Una semana había sido suficiente para que hasta el niño aceptase la derrota. Todos sabían que estaba allí, todos la verían si mirasen. Llegados a ese punto, el asombro hubiese sido mayor de no encontrarla. No merecía la pena preguntar ya por qué. También es cierto que todos dejaron de preguntarlo y de preguntárselo al cabo de dos días. Tal vez en algún curioso extranjero surgiese el inicio de una duda, la cual, aunque no desapareciese, se disipaba con la tranquilidad que emanaban los transeúntes autóctonos. "Serán costumbres del barrio", pensaban, a lo mejor no todos con esas palabras, a lo mejor en otro idioma.
A final de mes había empezado a soplar el viento. La figura seguía allí, igual que el primer día. Sólo el clima se atrevía a cambiar a su alrededor. ¿Sería un maniquí? Un muñeco. Cosas de críos. Un experimento social. Una estrategia publicitaria fue la conclusión general. "Que sí, que sí, esto en un par de días lo cambian por un cartel y te venden lo que quieran. Un perfume o algo de eso. O alcohol. Vete tú a saber." O bien la empresa había caído en bancarrota o había olvidado tal propósito.
Fuera como fuese, la broma perdió la gracia que nunca tuvo.
No hubo testigos, nadie estaba preparado, a nadie sorprendió. Nadie les dio las explicaciones que nunca pidieron, todos sabían que no se las merecían. Todos la lloraron sin estar seguros del motivo. Sólo el niño tenía la consciencia tranquila.
Cuatro semanas igual, 28 días.
La caída no había sido tal.
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