lunes, 3 de noviembre de 2014

Lo que iba a ser y lo que terminó siendo

El pomelo y la naranja comparten un secreto. 


En el fondo, no son tan distintos a las mandarinas.

Hasta ahí iba a ser la entrada pseudoartítica metafórica basada en el absurdo con la que deleitarlos. Llevaba años sin comer pomelo. Al terminar de pelarlo, pensé, "qué fruta linda". Fui consciente y le puse azúcar. NUNCA MAIS. Casi medio pomelo me comí y me cayó como el cu-. Se lo terminé dando a mi hermano que no entendía si es que se había puesto malo o qué porque cómo era posible que me hubiese dado tal asco. "¿Le pusiste azúcar?". Sí, carajo. Me lavé los dientes y me curé el espanto con cinco kilos de pasas de uva. Sabía que mi paladar no era fan de la cebolla y que no soportaba el picante, añado amargo nivel pomelo a la segunda lista. Todavía me siento mal, me dejó una sensación en el pecho así como de que me voy a morir, horrible. 

En otro orden de cosas, volví a ir a la peluquería y mi hermano me dijo que me quedaba muy bien y que estaba igual a mamá. Me pica todo el cuello.

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