Se repite la verdad en un intento de ahogar las voces que la atormentan. Pero las voces son muchas y las mentiras que le cuentan tantas y tan elaboradas que la lucha no parece más que una anécdota cómica y fácil de recitar, como aprendida de memoria. Como si ya la hubiese contado muchas veces, porque la vivió hace tiempo. Como si no fuera ella quien la estuviera viviendo.
Cree distinguir la voz honesta entre todas, a veces con más claridad que otras. Se dirige a ella sin tapujos, sin ocultarle nada, es un espejo cruel y sincero que no le tiene miedo. ¿Por qué debería? No puede hacer nada en su contra, nada consciente. Tampoco quiere, sabe que es la única que la respeta.
Las otras voces se alimentan de sus supuestas respuestas inevitables, involuntarias, a un ataque que ella sabe que no es tal. La mensajera de objetividad violenta la reconfortaría y la decepcionaría, la oscurecería y la iluminaría, o eso cabría esperar. Las demás crecen en número con cada realidad potencial, con todo aquello que no es pero podría ser, con todo lo que podría llegar a ser si el presente fuera otro.
Se superponen y la confunden, no la dejan identificar a su predilecta. Algunas le cuentan cuentos de alegrías y tranquilidad, de emociones fuertes y equilibrio, de justicia poética; su verosimilitud en el absurdo la deja vacía. Algunas aúnan pesadillas, la aterrorizan con arrepentimientos y le susurran horrores; invalidan cualquier posible lamento propio con un contexto terrible, una consciencia excesiva del dolor que no siente. Unas cuantas, más equilibradas, completan esa extraña comunidad a la que pretende en vano acostumbrarse.
Todas ellas le dan una versión de lo que querría escuchar si no quisiese conocer la verdad, si no supiese valorarse y valorarla.
Cree distinguir la voz honesta entre todas, a veces con más claridad que otras. Se dirige a ella sin tapujos, sin ocultarle nada, es un espejo cruel y sincero que no le tiene miedo. ¿Por qué debería? No puede hacer nada en su contra, nada consciente. Tampoco quiere, sabe que es la única que la respeta.
Las otras voces se alimentan de sus supuestas respuestas inevitables, involuntarias, a un ataque que ella sabe que no es tal. La mensajera de objetividad violenta la reconfortaría y la decepcionaría, la oscurecería y la iluminaría, o eso cabría esperar. Las demás crecen en número con cada realidad potencial, con todo aquello que no es pero podría ser, con todo lo que podría llegar a ser si el presente fuera otro.
Se superponen y la confunden, no la dejan identificar a su predilecta. Algunas le cuentan cuentos de alegrías y tranquilidad, de emociones fuertes y equilibrio, de justicia poética; su verosimilitud en el absurdo la deja vacía. Algunas aúnan pesadillas, la aterrorizan con arrepentimientos y le susurran horrores; invalidan cualquier posible lamento propio con un contexto terrible, una consciencia excesiva del dolor que no siente. Unas cuantas, más equilibradas, completan esa extraña comunidad a la que pretende en vano acostumbrarse.
Todas ellas le dan una versión de lo que querría escuchar si no quisiese conocer la verdad, si no supiese valorarse y valorarla.
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