lunes, 17 de noviembre de 2014

Sólo existís mientras te lo permita

Si alguien hubiese entrado en la casa, se la habría encontrado sentada en el sillón, seria, enfrentada a la nada. Los ojos ciegos, los oídos sordos. La espalda recta y los hombros echados hacia atrás. Los dedos entrelazados con las manos apoyadas en sus muslos. Las rodillas juntas y los tobillos también. Los pies fríos, como siempre. La pose antinatural que adoptaba por inercia.
Le costaba horrores respirar, el salón estaba repleto de seres, seres de todos los colores y tamaños, seres que hacían ruidos extraños y se comunicaban entre sí. El calor la sofocaba. Unos dientes a su derecha rechinaban y desde su izquierda le llegaba una risa vil que le producía escalofríos. No se atrevía, ni podía, girar la cabeza para ver qué aspecto tenía su dueño, sería distinto a todos los demás, es decir, una copia de los otros. No había en la habitación quién ignorase que estaba paralizada por el miedo. No podía echarlos porque sabía que no saldría sonido alguno de su boca. Estaba muda. No quería molestar a los vecinos, no quería que se asustasen. Si alguien llamase a su puerta, perdería el conocimiento.
A pesar del miedo, tenía la certeza de que esas deformidades cambiantes no le harían absolutamente nada. Respetaban el milímetro de espacio personal obligado, aunque no lo hiciesen por propia voluntad. Le invadían todos los sentidos menos el tacto. Esa era la única norma que les hacía seguir, al fin y al cabo, eran sus demonios y haría con ellos lo que le apeteciese. Bastaría con ponerse de pie para que desapareciesen. 

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